
Más allá de la sombra
te delatan tus ojos,
y te adivino tersa,
como un mapa extendido
de asombro y de deseo.
Date por muerta
amor,
es un atraco.
Tus labios o la vida.
Luis García Montero.

Más allá de la sombra
te delatan tus ojos,
y te adivino tersa,
como un mapa extendido
de asombro y de deseo.
Date por muerta
amor,
es un atraco.
Tus labios o la vida.
Luis García Montero.

Il vostro passo di velluto
E il vostro sguardo di vergine
violata.
Dino Campana.
Simonetta,
por tu delicadeza
la tarde se hace lágrima,
funeral oración,
música detenida.
Simonetta Vespucci,
tienes el alma frágil
de virgen o de amante.
Ya Judith despeinada
o Venus húmeda
tienes el alma fina del mimbre
y la asustada inocencia
del soto de olivos.
Simonetta Vespucci,
por tus dos ojos verdes
Sandro boticelli
te ha sacado del mar,
y por tus trenzas largas,
y por tus largos muslos,
Simonetta Vespucci
que has nacido en Florencia.
Antonio Colinas, incluido en Sepulcro en Tarquinia.
Buenas noches queridos lectores/as, como podéis ver he cambiado el aspecto o el theme del diario. ¿El motivo?, pues creo que cada cierto tiempo hay que renovarse y cambiar de aires, poco a poco iré retocando cosas que faltan, espero que os guste, si tenéis alguna sugerencia…
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Cosas que no tendremos:
Las mañanas de abril largas de amor y sueño.
Las tardes de noviembre con lluvia interminable.
Las noches del verano tercamente estrelladas.
Todas las madrugadas dulcísimas de otoño.
Cosas que me he perdido:
No sabré del sabor de tu boca dormida.
No acunaré a tus hijos. No beberé tu vino.
No lloraré contigo viendo ningún ocaso.
No me amanecerá tu vientre entre las sábanas.
Tengo todo un tesoro de lagunas y ausencias,
un muestrario completo de páginas en blanco.
Josefa Parra. Incluido en Alcoba de agua, 2002.

Ahora que mis niñas me engañan con cualquiera
y son sus risas las que descosen mi alma a base de risas,
de llantos, de escalofríos que arden ante la soledad
de un periódico que miente sin cesar.
Ahora que sobrevivo sin ella, sin su olor,
sin sus miradas e imparten mis malas costumbres
las horas que traicionan a estas manecillas incansables,
llenas de odio y terror.
Ahora que las virtudes se perdieron bajo la mesa
donde nacieron tantas pasiones y caricias escondidas,
ahora que murieron agotadas de miedo
las dudas que sembró aquella maldita primavera,
que duró hasta el mismísimo otoño.
Ahora que el fugaz invierno curtió mis heridas,
ajadas, olvidadas para siempre en este mundo
que construyo día a día,
me hace volver a la realidad,
me muestra lo insignificantes que somos
y lo grandes que son estos poemas,
que nos reúnen en nuestros recuerdos,
los que perdí, los que tanto quiero.
Antonio Huerta. Incluido en Tuyo y mío.
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Mansamente, insoportablemente, me dueles.
Toma mi cabeza. Córtame el cuello.
Nada queda de mí después de este amor.
Entre los escombros de mi alma, búscame,
escúchame.
En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama,
pide tu asombro, tu iluminado silencio.
Atravesando muros, atmósferas, edades,
tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)
viene desde la muerte, desde antes
del primer día que despertara al mundo.
¡Qué claridad de rostro, qué ternura
de luz ensimismada,
qué dibujo de miel sobre hojas de agua!
Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.
Soy como el hijo de tus ojos,
como una gota de tus ojos soy.
Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme,
del suelo, de la sombra que pisas,
del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.
Levántame. Porque he caído de tus manos
y quiero vivir, vivir, vivir.
Jaime Sabines.

El 24 de diciembre de 1985 Manuel Vilas estaba de guardia en el Cuartel del Regimiento de Infantería de Barbastro, en donde cumplía el servicio militar. La guardia nocturna se conocía con el nombre de “refuerzo”. Vilas era cabo y por tanto su cometido en los refuerzos consistía en distribuir a los soldados por las garitas y después regresar al cuerpo de guardia. Miguel Fernández Díaz, un soldado de reemplazo, al que Vilas había dejado a las 22 horas en la garita número 4 (la más alejada del cuerpo de guardia) eligió ese momento para pegarse un tiro en la boca. Normalmente, Vilas ya no se acuerda de esto, porque fue hace muchos años. Normalmente, Vilas ya no se acuerda de nada, y tampoco sabe muy bien por qué se olvidan las cosas (imagina que porque las cosas se deshacen en medio de la memoria). Recuerda Vilas que se quedó mirando las salpicaduras en el techo de la garita, iluminadas por la luz de una linterna. Recuerda los expertos comentarios del capitán de guardia sobre la trayectoria de la bala, las conjeturas sobre el boquete que se abrió en la cabeza de Fernández Díaz. Era una bala de Cetme, que convirtió el juvenil orden cerebral de Fernández Díaz en un caos sanguinolento y acabado.
Piensa Vilas en lo que Miguel Fernández Díaz se ha perdido a lo largo de estos últimos 22 años. Piensa Vilas que tal vez vivió esos 22 años en las 22 milésimas de segundo que le costó a la bala desatar el nudo caliente de la carne. Vilas se ve a sí mismo como un radiante turista en el pasado. Al día siguiente, es decir, el día de Navidad, vino el padre de Miguel Fernández. A su madre no consiguieron encontrarla. No había móviles entonces. Nadie sabía dónde estaba. El padre vino porque alguien le pagó el viaje en autobús. Seis horas de autobús. Llevaba una bufanda.
No había móviles entonces, ningún sitio adonde llamar.
Claro que fui el último ser humano que vio vivo a Miguel Fernández Díaz. En alguna instancia celestial tendrá sentido el hasta luego que me dedicó con una dulce sonrisa impropia de aquella noche oscura.
Un honor, sin duda, aquella sonrisa.
Un gran honor.
Pues, naturalmente, tanto Miguel Fernández Díaz como Manuel Vilas Vidal fueron hombres de honor.
Y el honor es la vida.
¿Sabes?, tengo la extraña sensación de que fui yo el que cayó esa noche en medio de las miles de balas del enemigo, en medio de las ráfagas luminosas en el cielo de las playas de Normandía, en medio de la metralla suprema, en medio de los obuses de aquella artillería fantasmal en la noche caliente de nuestra juventud, y sé que no pudiste hacer nada por mí, pese a que te jugaste la vida por mí, y el enemigo cantaba canciones de gloria.
Bah, tío, estás loco, turismo y memoria, turista en tu propia memoria. Pero ese chico, ese chico no tuvo suerte, y ese chico era bueno, y yo tampoco tuve suerte y da igual. Ok, eso es todo, da igual. Debe de ser eso lo que me está matando. Porque es verdad que algo me está matando.
Manuel Vilas. Incluido en Calor, 2008.
Visor, premio Fray Luis de León.

No:
yo no escondo mis barreduras
en los suburbios de las alfombras
ni tampoco
como en la edad media
arrojo mis desperdicios a la calle
a través de una ventana abierta
ni tan siquiera echo mi basura
en una bolsa negra de plástico
y
la meto luego en el primer contenedor
que me encuentre por la calle.
No:
yo no hago nada de todo eso
yo la recojo con el HAZ de ramas
de la escoba de mi propia poesía
y
después
la escribo a mano
con mala letra
con muy mala letra
y
la reciclo con mi bolígrafo
sobre esta hoja de papel
inmaculada
mente
blanca.